San Pablo: tres culturas
Pbro. José Juan García
Quisiera referirme en este breve escrito a la última catequesis que el Papa Benedicto XVI ha brindado al mundo, el pasado miércoles 2 de julio. Como todos sabemos, el Papa ha invitado al mundo católico a vivir con intensidad el Año Jubilar Paulino, con motivo de celebrarse los 2000 años de nacimiento, en Tarso, ciudad del Asia Menor, de quien fuera el gran apóstol de los pueblos paganos: San Pablo. En un mundo multicultural y multirreligioso, san Pablo nos brinda un mensaje particularmente actual, considera Joseph Ratzinger.
El obispo de Roma presentó este miércoles el ejemplo de apóstol de las gentes, en particular su capacidad para asimilar los grandes valores filosóficos de su época y de armonizarlos sin traicionar en lo más mínimo a su fe en Jesucristo.
Su primera intervención, con la participación de casi diez mil peregrinos, se concentró en presentar un análisis del ambiente en el que el santo vivió, pues --como señaló-- "el contexto sociocultural de hoy no es muy diferente al de entonces".
El obispo de Roma presentó a san Pablo como "hombre de tres culturas", "teniendo en cuenta su origen judío, su idioma griego y su prerrogativa de civis romanus (ciudadano romano), como lo testimonia también el nombre de origen latino".
Esta presentación, similar a la que hace el biblista Gianfranco Ravasi en un escrito de L´Osservatore Romano de fines de junio, me parece personalmente tan acertada, simplemente para comprender en su fuero íntimo a San Pablo. Un hombre “ecuménico”, diríamos si la expresión es correcta. Un hombre de varios mundos culturales, conocedor de los mismos, pero apasionado por dejar en esos parámetros culturales los altos, nuevos y purificadores valores de Jesucristo, a quien dedicó su vida de misionero. Por ello el gran escritor francés Víctor Hugo hablaba de su figura como “santa para la Iglesia; grande para la humanidad”.
"La visión universalista típica de la personalidad de san Pablo, al menos del Pablo cristiano que surgió tras la caída en el camino de Damasco, debe ciertamente su impulso básico a la fe en Jesucristo, en cuanto la figura del Resucitado supera todo particularismo", expresó el Papa.
De hecho, "para el apóstol ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gálatas 3, 28). Ahora bien, la situación histórico-cultural de su tiempo y ambiente también influyó en sus opciones y compromiso".
En particular, el Papa mencionó cómo Pablo acogió los valores positivos de la filosofía estoica, que aunque de manera marginal, influyó en el cristianismo de los orígenes.
"Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta", dice el apóstol en Filipenses (4, 8).
Un filósofo clásico de la talla de Séneca, lejos del apego a todo ritualismo exterior, enseñaba que "Dios está cerca de ti, está contigo, está dentro de ti" (Cartas a Lucilio, 41,1), recordó Benedicto XVI.
Del mismo modo, cuando Pablo se dirige a un auditorio de filósofos epicúreos y estoicos en el Areópago de Atenas, dice textualmente que "Dios... no habita en santuarios fabricados por manos humanas..., pues en él vivimos, nos movemos y existimos" (Hechos de los Apóstoles 17,24.28).
Así, San Pablo se hace eco de la fe judía en un Dios que no puede ser representado en términos antropomorfos, pero se pone también en sintonía cultural y de lenguaje religioso que sus oyentes conocían bastante bien.
Tras su repaso del ambiente cultural del siglo I de la era cristiana, Benedicto, el Papa de los “discursos exactos”, concluyó constatando que "no es posible comprender adecuadamente a san Pablo sin enmarcarlo en su trasfondo, tanto judío como pagano de su tiempo".
Aún con el riesgo de la exageración, un notable teólogo alemán del siglo pasado Wilhem Wrede en un libro suyo titulado simplemente Paulus (1904), habó del Apóstol como el “segundo fundador del Cristianismo”. Claro, no se puede tomar al pie de la letra por el peligro de desvirtuar a Jesucristo, el único fundador de la Iglesia y origen del cristianismo. No había en Pablo otro proyecto de fe sino el del Divino Maestro. Pero qué sabor de verdad tiene exaltar la grandeza de las almas apasionadas por Jesús.
Pbro. José Juan García
Quisiera referirme en este breve escrito a la última catequesis que el Papa Benedicto XVI ha brindado al mundo, el pasado miércoles 2 de julio. Como todos sabemos, el Papa ha invitado al mundo católico a vivir con intensidad el Año Jubilar Paulino, con motivo de celebrarse los 2000 años de nacimiento, en Tarso, ciudad del Asia Menor, de quien fuera el gran apóstol de los pueblos paganos: San Pablo. En un mundo multicultural y multirreligioso, san Pablo nos brinda un mensaje particularmente actual, considera Joseph Ratzinger.
El obispo de Roma presentó este miércoles el ejemplo de apóstol de las gentes, en particular su capacidad para asimilar los grandes valores filosóficos de su época y de armonizarlos sin traicionar en lo más mínimo a su fe en Jesucristo.
Su primera intervención, con la participación de casi diez mil peregrinos, se concentró en presentar un análisis del ambiente en el que el santo vivió, pues --como señaló-- "el contexto sociocultural de hoy no es muy diferente al de entonces".
El obispo de Roma presentó a san Pablo como "hombre de tres culturas", "teniendo en cuenta su origen judío, su idioma griego y su prerrogativa de civis romanus (ciudadano romano), como lo testimonia también el nombre de origen latino".
Esta presentación, similar a la que hace el biblista Gianfranco Ravasi en un escrito de L´Osservatore Romano de fines de junio, me parece personalmente tan acertada, simplemente para comprender en su fuero íntimo a San Pablo. Un hombre “ecuménico”, diríamos si la expresión es correcta. Un hombre de varios mundos culturales, conocedor de los mismos, pero apasionado por dejar en esos parámetros culturales los altos, nuevos y purificadores valores de Jesucristo, a quien dedicó su vida de misionero. Por ello el gran escritor francés Víctor Hugo hablaba de su figura como “santa para la Iglesia; grande para la humanidad”.
"La visión universalista típica de la personalidad de san Pablo, al menos del Pablo cristiano que surgió tras la caída en el camino de Damasco, debe ciertamente su impulso básico a la fe en Jesucristo, en cuanto la figura del Resucitado supera todo particularismo", expresó el Papa.
De hecho, "para el apóstol ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gálatas 3, 28). Ahora bien, la situación histórico-cultural de su tiempo y ambiente también influyó en sus opciones y compromiso".
En particular, el Papa mencionó cómo Pablo acogió los valores positivos de la filosofía estoica, que aunque de manera marginal, influyó en el cristianismo de los orígenes.
"Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta", dice el apóstol en Filipenses (4, 8).
Un filósofo clásico de la talla de Séneca, lejos del apego a todo ritualismo exterior, enseñaba que "Dios está cerca de ti, está contigo, está dentro de ti" (Cartas a Lucilio, 41,1), recordó Benedicto XVI.
Del mismo modo, cuando Pablo se dirige a un auditorio de filósofos epicúreos y estoicos en el Areópago de Atenas, dice textualmente que "Dios... no habita en santuarios fabricados por manos humanas..., pues en él vivimos, nos movemos y existimos" (Hechos de los Apóstoles 17,24.28).
Así, San Pablo se hace eco de la fe judía en un Dios que no puede ser representado en términos antropomorfos, pero se pone también en sintonía cultural y de lenguaje religioso que sus oyentes conocían bastante bien.
Tras su repaso del ambiente cultural del siglo I de la era cristiana, Benedicto, el Papa de los “discursos exactos”, concluyó constatando que "no es posible comprender adecuadamente a san Pablo sin enmarcarlo en su trasfondo, tanto judío como pagano de su tiempo".
Aún con el riesgo de la exageración, un notable teólogo alemán del siglo pasado Wilhem Wrede en un libro suyo titulado simplemente Paulus (1904), habó del Apóstol como el “segundo fundador del Cristianismo”. Claro, no se puede tomar al pie de la letra por el peligro de desvirtuar a Jesucristo, el único fundador de la Iglesia y origen del cristianismo. No había en Pablo otro proyecto de fe sino el del Divino Maestro. Pero qué sabor de verdad tiene exaltar la grandeza de las almas apasionadas por Jesús.