miércoles, 20 de agosto de 2008

EL RETORNO DE LO SACRO

P. José Juan García

El proceso de secularización no significa la eliminación de la dimensión religiosa del hombre. La versión trascendente de la vida basada –al menos en Occidente- en la revelación cristiana, fue sustituida por otras cosmovisiones que hacían de religiones sustitutivas o religiones seculares.
Las tragedias del siglo pasado –en particular las dos guerras mundiales- abrieron un espacio al relativismo que desconfía de toda explicación global (como las propias ideologías), de todo valor moral absoluto y de toda verdad objetiva.
Sin embargo, en un mundo donde parecía que no había más sitio para lo sobrenatural y trascendente, durante las dos últimas décadas abundan nuevas formas de religiosidad, de espiritualidades alternativas, e incluso crecen los adherentes a círculos mágicos y esotéricos. Si por un lado este proceso manifiesta que el hombre es un ser religioso y que su sed de penetrar en los misterios de la vida es insuprimible, por el otro la oferta religiosa contemporánea es tan variada que impide una lectura simplista de este ‘retorno a lo sacro’.
Si entendemos por secularización un proceso cualitativo por el cual la religión se margina y determina cada vez en menor medida las grandes decisiones culturales y políticas, la misma secularización facilita el éxito de formas religiosas nuevas que no pretenden orientar la cultura. Por otra parte, la secularización favorece la transformación de la religión en vaga religiosidad: en vastos sectores de la sociedad occidental contemporánea, asistimos a un proceso de desinstitucionalización de la religión, es decir a la difusión de la believing without belonging (creer sin pertenecer). Por eso el retorno de lo sacro no significa una vuelta de las masas a las iglesias institucionales tradicionales que ostentan un cuerpo dogmático objetivo, y que enseñan una moral que deriva de las verdades religiosas.
El relativismo imperante en la cultura contemporánea ayuda a comprender la “dispersión” religiosa: si no se puede conocer una verdad última y fundamental, tampoco las religiones pueden proveer certezas firmes. Esto explica las migraciones de una confesión a otra, la experimentación continua y la tendencia al sincretismo: muchas veces se trata de compatibilizar elementos que son por sí mismo incompatibles, como por ejemplo, la fe cristiana con la creencia en la reencarnación. Además, la crisis de los mitos de la Modernidad colocan en el mismo nivel, al menos en algunos sectores sociales, ciencia y magia, medicina y brujería, etc. Una razón “débil”, como es la postmoderna, crea un espacio para la magia, el ocultismo y la superstición.
La primera fase rechaza la noción de Iglesia. Y se podría resumir en el lema “Cristo sí, Iglesia no”. La segunda fase se aleja todavía más: se rechaza no sólo a la Iglesia sino también al papel de Jesucristo como Salvador. El lema característico de estos movimientos sería “Dios sí, Cristo no”. En esta segunda fase, que nace de la revolución francesa, se expande la influencia de las religiones orientales, y da origen a los cultos orientalizantes contemporáneos.
La tercera fase deja de lado la idea de un Dios personal: “religión sí, Dios no”.
Esta fase se manifiesta en los movimientos del potencial humano, que culmina con la Cientología.
La última fase rechaza el sentido religioso: “sacro sí, religión, no”. Se proponen otras formas de contacto con lo sacro, que no son en sentido estricto religiosas: por ejemplo la magia y el espiritismo. A esta última fase pertenece una de las espiritualidades más de moda en los últimos años del siglo XX, el New Age, asistemática, con una vaga espiritualidad relativista y panteísta.
De todo esto surge clara la absoluta necesidad de evangelizar con entusiasmo renovado, nuestro tiempo. Por que la “Buena Nueva” de Jesús sigue teniendo sed de cada uno.