Especial para Diario de Cuyo P. José Juan García[1]
Lamentablemente hoy la prostitución dejó de ser un fenómeno marginal y ha llegado a ser un fenómeno de masas, extendiéndose al mundo entero. Por su parte, la pornografía se ha difundido ampliamente por toda la sociedad. Las ganancias de estas dos industrias son altísimas y se encuentran entre las más rentables del mundo. En el año 2002, los ingresos derivados de la prostitución se acercaban a los 60 mil millones de euros y los de la pornografía estuvieron cerca de los 57 mil millones. Aclaro que algunos de estos datos los tomo de un brillante trabajo de Giuseppe Rossa, publicado en febrero de 2008 en “La Civiltá Catolica”.
El volumen de los negocios de las agencias de turismo sexual que operan a través de Internet, es de mil millones de euros al año. Mientras, los ingresos por el tráfico de personas destinadas a la prostitución varían entre 7 y 13,5 mil millones de euros. Decenas de millones de seres humanos, principalmente mujeres, niños y niñas, son sometidos a los traumas físicos y psicológicos que se derivan del comercio del sexo.
También se tiende a prostituir a niños cada vez más jóvenes, y a introducirlos en el mercado de la pornografía. La industria de la prostitución infantil explota 400 mil niños en India, 100 mil en Filipinas, entre 200 y 300 mil en Tailandia, 100 mil en Taiwán, y entre 244 y 325 mil en los Estados Unidos. En la República Popular China los niños que se prostituyen son entre 200 y 500 mil, en Brasil van de 500 mil a 2 millones. El 35% de las prostitutas camboyanas tiene menos de 17 años y el 60% de las albanesas que se prostituyen en Europa son menores.
Algunos estudios estiman que un niño que se prostituye vende sus “servicios sexuales” a más de 1.000 hombres. En 1996, un informe del Consejo de Europa estimaba que se prostituían en Occidente unos 100 mil niños de Europa del Este. Un análisis presentado por Unicef (2001) con ocasión del Segundo Congreso Mundial Contra la Explotación Sexual de Menores con fines Comerciales, realizado en Yokohama (Japón), estimaba en más de un millón los menores —principalmente niñas— que estarían obligados a prostituirse por la industria del sexo. En 2004, las cifras giraban en torno a dos millones de niños. Hoy, al menos un millón de niños se prostituye sólo en el sudeste asiático.
Industria altamente rentable
Se estimaba que en el año 2002 el número de prostitutas en el mundo era de 40 millones, y que su clientela crecía a ritmo sostenido. Cada año 500 mil mujeres, niños y niñas son introducidos en el mercado del sexo pagado en los países de Europa occidental. El 75% de las mujeres víctimas de este tráfico tiene menos de 25 años y, entre ellas, un porcentaje notable no fácil de determinar, es menor de edad. Cerca de cuatro millones de mujeres y niños(as) son víctimas cada año del tráfico mundial destinado a la prostitución.
Para muchos países la prostitución es hoy un componente importante del producto interno bruto (PIB). Así, en los Países Bajos la industria de la prostitución constituye el 5% del PIB; en Japón el porcentaje está entre el 1 y el 3%. En Dinamarca la industria de la pornografía es la tercera en importancia. En Hungría ha tenido un desarrollo rapidísimo llegando a ser este uno de los lugares más apreciados por los productores de películas pornográficas. Las industrias del sexo son importantes. Algunas son internacionales y se cotizan en las bolsas obteniendo grandes ganancias e ingresos considerables en monedas fuertes, con efecto tanto en las balanzas de pagos como en las cuentas corrientes de diversos países. Por este motivo varios de ellos las consideran vitales para su propia economía. No olvidemos que en el último Mundial de Fútbol en Alemania, a las 40.000 mujeres de la calle se le sumaron otras 40.000, venidas de Ucrania, Polonia y otros países del Este.
El Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (2004) destaca que “la solemne proclamación de los derechos del hombre es contradicha por una dolorosa realidad de violaciones que se difunden por todas partes a través de formas nuevas de esclavitud, como el tráfico de seres humanos, la prostitución” (158).
Por esto hay que manifestar una profunda gratitud a las personas y asociaciones que se ocupan del problema de la prostitución, buscando sacar a las prostitutas de la calle, liberándolas de sus malvados y cínicos protectores y dándoles la posibilidad de un trabajo honesto. Es ésta una tarea que comporta grandes dificultades y en la que es fácil encontrarse con el fracaso debido a las fuertes amenazas de los protectores hacia sus víctimas, que a menudo suponen más abusos sexuales, golpes, torturas e incluso a veces la muerte, y para sus familias una gran cantidad de daños. El miedo a los protectores, debido a la falta del más mínimo sentido moral y de humanidad, impide a muchas víctimas de la prostitución abandonar su triste trabajo. Esto no resta nada del aprecio que se debe a quienes trabajan por ayudar a superar estas condiciones, cristianos que ven en las víctimas de la prostitución a hijos e hijas de Dios, a quienes se debe restituir la dignidad humana y cristiana que se les ha negado.
Este flagelo clama solución. Restablecer la dignidad humana casi perdida y pisoteada de miles de seres humanos en el mundo, es tarea de todos y nadie puede decir “a mí no me toca”. Todo hombre y mujer es mi hermano, decía Pablo VI. Políticas de promoción del niño y la mujer esperan ser estudiadas e implementadas cuanto antes.
¿Podremos entre todos establecer la Civilización del auténtico Amor? ¿Podremos devolverles el futuro al niño ultrajado? Desafío mundial. En menor escala, también desafío local.
[1] Instituto de Bioética UCCuyo